Canción cotidiana

(Diario de un duelo) 

Amanece. Está la foto de mi padre, fúnebre, colgada en la pared, en los techos, en el alba. A mi lado, la conciencia del luto se despereza, la montaña se enfría llenándose de agua. Hoy es un día de reposo, me digo, bajo las cobijas toco mi pecho arropado. Unos huevos, el chocolate, aquel saludo, las garzas. Seis días, seis días, seis días. Grazna mi corazón. 

Un cielo blanco se derrama sobre el San Joaquín vecino, aquel rosado labial de sol,  aquella flor tan linda, palidece lo que las nubes este lunes. Nadie estaba en la amplia cocina. Esto es como estar viajando y en las ventanas; el tiempo. Estoy viajando con una pena, me dobla, soy agua derrumbándose en la tierra. Apenas tengo el aire que resopla por mi boca, ni letras largas, ni anchas metáforas, postrada todavía está la luna en los rincones. Amaneció. 

Silencio. 

Supongo que mi vida es una vida hecha para esto. No lo digo porque me sienta vencida, hueca, sino por un camino que me precede. Un sendero ancho de piedras, ancestral, donde mis muertos viven lejos de la carne. Una senda bordeada por árboles que dan de comer y ahora mismo se me ofrecen. Es posible que no pueda verlo y en mi gusto ni se perciban, sean inalcanzables a los sentidos. Confío en que a mis manos van a dar sus frutos, tanto más tiernos mientras camino, a mis pies suave se torna la tierra, de viento disimulan los arrullos, confío... 

Se habla, en estos casos, de vivir un día a la vez. Pero el día siempre es diferente en cada momento. Sin pérdida se creería que transcurre igual, misma arepa con chocolate al desayuno, idéntico pájaro gorjeando temprano, nada distinto en el orden de la ducha, propio sol y cielo y lluvia. Entonces la muerte y todo en ese análogo pasar, falso como que el aire no discurre, se fragmenta de pronto. 

Vengo del sueño y voy cayendo lentamente en la certeza de esta nueva realidad. Me parece que me entero en cada despertar, otra y otra y otra vez de la noticia. Ya dolerá menos pero hoy es la herida fresca. Repaso en la casa, donde vivíamos, los movimientos de mi padre: los recuerdos se avientan contra mí. Recordatorio: ser lo suficientemente sensata, sensible, para percibir un llanto ciego que no ve salida sino las cosas ennegrecen, lo soleado se vierte áspero sobre la piel, la melancolía; la canción del sufrimiento. 

Nunca se sabe sobre el día que empezó y se sorprende una al terminarlo. Cada instante a la vez, me digo en este caso. Un paso, uno pequeño y consciente del dolor, del afecto. Uno dulce que asemeje la esperanza de algún futuro. Una respiración, pues solo es esto lo que tengo, esta pena, el resto es mi vida que aguarda.
*Esta es una columna abierta, si desea contactar a la autora y poner en palabras su duelo, escriba al correo [email protected]

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