El gremio de los torcidos…

¿Cuánto me cobras por hacerme este trabajo? Le pregunté al oficial, a lo que me contestó: ¿Al costo o solamente la mano de obra? Le dije: ¿Cómo me sale mejor? Y fue su respuesta la que me dejó abrumado: Hagámoslo mano de obra, porque si lo hacemos al costo le voy a meter materiales de segunda y más económicos. No sé si valoré en ese momento su “honestidad”, o la capacidad que tuvo de abrirme la mente para pensar en la manera tan ventajosa como hoy algunos asumen este tipo de solicitudes.

Todo mundo se queja de la necesidad de un empleo o un ingreso que le permita el sustento digno de su familia, y eso me parece que es un derecho de todos; pero no hay derecho a que en el gremio de “los torcidos” se vaya volviendo tendencia, y de una manera generalizada, el que nos sintamos tumbados por quienes sólo buscan sacar provecho personal, donde se les ha confiado una obra o un proyecto.

Va uno a que le pongan una tuerca y le roban la arandela; a que le suelden una pieza, y terminan poniéndole otra; a que le cojan una gotera y terminan cobrándole el techo entero; a que reparen una chapa y terminan cambiando la puerta; a que le pinten un muro y según ellos hay que hacerlo de nuevo… Va uno a que le solucionen un problema y termina enredado, y debiéndoles, y casi sin con qué pagar.

¿En dónde queda la honestidad y el valor de la palabra?  ¿Cómo generar confianza cuando hay un patrón de irresponsabilidad que habla de la maldad que se va albergando en el corazón? ¿Cómo ayudar cuando en repetidas ocasiones nos hemos sentidos tumbados y ultrajados? ¿Cómo pretender que nos vaya bien, cuando hemos dañado a tanta gente?

Es así como empieza la corrupción, es así como se genera la violencia, es así como se vive la desigualdad, es así como la esperanza de la mano de la confianza caminan inseguras, en el país donde el vivo vive del bobo, y donde el que menos uno piensa, termina “tirando chuzo”, porque ya es visto como normal ese proceder.

¿Quién a la hora de solicitar un servicio no ha terminado enemistado con quien lo suministra? ¿Es acaso normal el que de entrada la prevención sea un atisbo de lo que el sentido común nos está advirtiendo? ¿Es justo que abusen de la buena fe, cuando esta nos lanza a creer que es posible el que se haga bien?

Necesitamos personas honestas, hombres y mujeres que desde lo que hagan generen credibilidad; personas que lean como una bendición el arte que Dios les ha regalado; que entiendan el servicio como una oportunidad grande para cultivar la solidaridad, y lean el trabajo como un ejercicio también de la caridad… Necesitamos personas que desde su oficio, por sencillo que sea, reflejen la bondad del corazón, a veces tan escasa, y muestren que es posible en un mundo tan lleno de maldad, obrar bien y hacer las cosas bien.

El ventajoso no sabe apreciar la bendición, por eso la arriesga; no sabe valorar la amistad, por eso no la cuida; no sabe cultivar los valores, seguramente ha estado ausente de ellos; no sabe de transparencia, se ha movido turbiamente; no sabe prever el futuro, por eso agota la oportunidad; le falta tacto para abrir puertas, porque su actuar ya ha empezado a cerrarlas.  

Bien atina la Sagrada Escritura cuando dice: “Ciertamente los hombres de este mundo, son más astutos con su gente que los hijos de la luz” (Lc 16,8) El ventajoso vive su momento, pero lo que no sabe es que la vida en algún instante le tomará ventaja, y lo dejará atrás.

Qué bueno fuera un mundo donde la única ventaja que yo le tome al otro sea la de querer ayudar, desaparecería el gremio de los torcidos, y podríamos bien construir una generación de gente buena, honesta, transparente; un gremio donde nos tendamos la mano y cultivemos el valor tan necesario de la gratuidad.

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