Medellín necesita un piano

POR: LINA BOTERO

En 1941, una reconocida sociedad, integrada por personas amantes de la cultura iniciaron una campaña de recaudación de fondos para comprar un piano, uno que estuviera a la altura de los artistas nacionales e internacionales que llegaban a Medellín a tocar en el Teatro Junín o en el Teatro Bolívar. Para ese entonces necesitaban que por lo menos cinco mil personas donaran un peso y con eso podrían comprar el piano Steinway que pedían los artistas. Después de dos años, solo se habían recaudado mil pesos, la convocatoria no había resultado como esperaban por lo que tuvieron que recurrir a las empresas, que para aquellos años apenas empezaban a consolidarse, como Cementos Argos, Compañía Colombiana de Tabaco, Compañía Nacional de Chocolates, entre otras, para poder cumplir su meta.

La Sociedad Amigos del Arte fue una iniciativa de la Sociedad de Mejores Públicas, conformadas ambas por empresarios de la época con espíritu filantrópico, y creada hacia 1936 con la finalidad de promover diferentes actividades culturales en Medellín. Este grupo de personas creían que el arte podía convertirse en un cohesionador social, en una fuente de conocimiento y educación para la población, consideraban que el arte era un generador de escenarios de sociabilidad, que establecía vínculos de unión entre los habitantes donde a través del fomento cultural, el arte podría cumplir un papel fundamental en el proceso de modernización de la ciudad generando progreso y civismo.

Esta semana veíamos como más de 80.000 trabajadores y alrededor de 400 empresas de la ciudad y el país, manifestaban públicamente a través de la campaña #PorMiEmpresa sus sentimientos de afecto y gratitud por aquellas empresas que han aportado a su desarrollo, el de sus familias y sus ciudades. Una empresa, como lo menciona John Mackey en su libro Capitalismo Consciente, tiene un potencial extraordinario para mejorar las sociedades y tener un impacto positivo en el mundo por su capacidad de generar bienestar y crecimiento en las personas y los países.  

Las empresas, de todos los tamaños, no solo son un motor de desarrollo económico, ellas también, han aportado y aportan significativamente al desarrollo cultural y social de la ciudad. Basta con leer un poco de historia para comprender el papel que ha jugado el empresariado desde finales del siglo XIX hasta hoy. Para que la ciudad avance no solo necesita de su sector empresarial fuerte y sólido, sino de la totalidad de sus fuerzas sociales. Así lo ha hecho Medellín, así, a mediados del siglo pasado logró comprar un piano, y así, hoy, y durante las últimas décadas, ha logrado construir teatros, museos, bibliotecas, parques, porque cuando todos ponen, cuando todos ponemos logramos que la ciudad y sus ciudadanos avancen.     

Volviendo a mi historia, tras mucho tiempo y esfuerzo, la Sociedad Amigos del Arte consiguió tan anhelado piano. Dicha sociedad se mantuvo durante 25 años hasta su desaparición hacia 1962, no sin antes haberle dado a Medellín una programación artística de primerísimo nivel, de un esfuerzo titánico por enamorar la ciudadanía del arte, de entregarle a la ciudad diferentes escenarios para la educación artística, académica y cívica. Esas iniciativas del sector privado le han dejado enormes beneficios a la ciudad, y puede que hoy Medellín no necesite un piano, pero si necesita de su sector empresarial, de su sociedad civil, necesita de un sector público comprometido con su desarrollo. Ricardo Olano, uno de los dirigentes de la Sociedad de Mejoras Públicas entre 1918 y 1926, mencionaba que: “Los ciudadanos de cada generación tienen una gran responsabilidad ante las venideras, para cuya felicidad deben trabajar por todos los medios que estén a su alcance. Con un esfuerzo consciente logrando levantar el espíritu público e infundiéndole un poco de sano idealismo, haremos una revolución en nuestras ciudades, que llegarán a brindarnos calidad de vida, alegría y salud”.

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