Neutralidad y crisis de las universidades

Me preocupan mucho y me están martirizando/ esos estudiantes, revoltosos callejeros, 

ya he matado varios en el pueblo y en el campo/ pero entre más mato, más y más siguen saliendo.  

Y es que no se dan esos malditos estudiantes,/ primero agitaban solo en la universidad 

ahora ya se salen a los barrios populares/ y hasta en las montañas ya se escucha su agitar.

 –Confesiones del terrateniente– Máximo Jiménez

Después de tantos años de investigar, finalmente he descubierto una de las razones de más peso para explicar la crisis de la Universidad. Aunque desde antes lo sospechaba, fue hasta ahora que pude encontrar las pruebas o, en el argot de algunos “científicos” sociales, los hechos. Cuando menos, he entendido mejor una de las razones por las cuales hace algunos días un maestro nos dijo que en Colombia no existen las universidades, ni las públicas ni las privadas. Existen, eso sí, variedad de colegios grandes, que nos condicionan en las doctrinas del buen comportamiento, la etiqueta y el protocolo; también instituciones que, aunque en apariencia funcionan de forma pública, en realidad están subyugadas por las rampantes lógicas del mercado, la burocracia kafkiana y las desastrosas políticas gubernamentales. Entonces, si lo pensamos de forma detenida, podremos advertir la perspicacia de las palabras de nuestro maestro: en Colombia no existe una verdadera universidad, esto es, un espacio popular para el diálogo, la crítica y el disenso; existen más bien instituciones que aparentan serlo.  

Mi descubrimiento, como muchos otros, sobrevino de forma accidental. Ocurrió así: a principios de esta semana tuve que enviar un trabajo final para el seminario de la maestría que actualmente curso. A grandes rasgos, mi intención era realizar una comparación entre la noción de Pueblo promulgada por la filosofía política y aquella otra que expresa el vallenato protesta del gran cantautor cordobés Máximo Jiménez, con el objetivo último de darle valor a su obra, visibilizar sus luchas y su pensamiento.  

Para quienes no lo conocen, “El Charanga” Jiménez es un hijo de la violencia. Nace en el año 1949 en el departamento de Córdoba, un año después del magnicidio de Jorge Eliecer Gaitán, en plena instauración del reinado cruento de la violencia bipartidista, y en una región en  la que, según nos dice el respetado sociólogo Orlando Fals Borda, “mucho de lo que se aprecia y vive hoy (…) es resultado de un proceso de lucha en el campo de la economía y de la cultura que se ha verificado por el dominio, control y explotación de los recursos naturales: la tierra y el agua de esa región”.

Los campesinos del Caribe, usualmente entregados a las tareas agrícolas y pesqueras, han organizado sus comunidades en torno a la producción mercantil simple o parcelaria y a través de técnicas precapitalistas (manejo de picos, palas, arpones, atarrayas, etc.), mientras que la otra parte, es decir, los hacendados y terratenientes, con el apoyo del Gobierno, han ido acumulando riquezas de forma desaforada para convertirlas en capital, con una clara tendencia al monopolio de la tierra y el agua. 

La brecha es tal que los campesinos se han visto sometidos a un diabólico régimen de oprobio, miseria, abandono y proletarización, como nos enseñan los testimonios recopilados por David Sánchez Juliao en el libro Historias de Raca Mandaca, porque sí, “Como lo oye: aquí el hambre es tan rica, ancha y fértil como la tierra ajena. Hambre y tierra por estos rumbos son un par de males que siempre han estado bien balanceados aunque mal repartidos: ambos abundan en cantidades”. 

Aún así, en medio de tanta penuria, por medio del rebusque, la desobediencia, el aguante e incluso la risa, los campesinos se han prohibido desistir y continúan soñando por sus hijos, sus comunidades, por su territorio. Este es el caso de Máximo Jiménez. Después de aprender a tocar el acordeón a escondidas de su padre, quien no le prestaba el instrumento, empezó una fervorosa actividad musical durante los años setenta, época en la que Colombia llegaba al crepúsculo del Frente Nacional y aspiraba, en términos económicos, a la inserción de los productos locales en el mercado internacional, lo cual generó una oleada del banano, el algodón y la ganadería, entre otros, al tiempo que impulsó las prácticas de la agricultura a gran escala y la ganadería extensiva. 

A pesar de que con el Decreto 755 de 1967, bajo el gobierno de Carlos Lleras Restrepo,  se creara inicialmente la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC), con el objetivo de aglutinar al campesinado para que accediera a los beneficios del Ministerio de Agricultura, que venían en curso desde la ley 135 de 1961 cuando se creó el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (Incora), durante los años setenta la ANUC empezó a expresar fuertes críticas al Gobierno por sus fallidos intentos de reforma. Situación que se agravó a tal punto que el movimiento campesino terminó por independizarse del Gobierno en el año 1973, después de hacerse público el Tratado de Chicoral, pacto entre los terratenientes y el gobierno, a espaldas del campesinado, con el objetivo de poner fin a los intentos de una reforma agraria y apoyar de forma irrevocable la gran propierdad privada a cambio de impuestos por parte de los propietarios de tierra; impuestos que fueron estipulados por los mismos terratenientes para garantizar su continuidad en la tenencia de tierras. 

En este contexto, Máximo empieza a consolidar su obra. Luego de advertir las desigualdades abismales en la repartición de tierras en Santa Isabel (donde nació) y en otros pueblos de Córdoba, y los descontentos de la ANUC con las políticas amañadas, le fue surgiendo un creciente interés por compenetrarse con el movimiento y las luchas campesinas, hasta tal punto que se convirtió en el cantautor de las reivindicaciones rurales. La situación, lejos de ser un capricho del campesinado, fue y sigue siendo una realidad en el país. Por ejemplo, los censos agropecuarios de la época lo corroboran: el del año 1960 muestra un alto grado de concentración de la tierra, pues tan solo el 15 % de la tierra era ocupada por un millón de familias campesinas, mientras que el 40 % del área total eran ocupada por siete mil terratenientes. 

Ante el mal camino, las afrentas constantes, las situaciones de miseria,  hambre y atraso de los campesinos,  ¿qué otra opción tenía Máximo, un hombre sensible y con conciencia histórica, sino cantar? Su melodía se hizo rebelde y sus parrandas incomodaron a más de uno dentro las élites del país, porque nos hizo reflexionar “¿Cómo es posible que no tengan compasión/ con el triste pobre o el humilde campesino?/ Que se la pasa todo bañado en sudor/ de trabajar en el sol pa’ mantener a sus hijos./ El campesino siempre ha sido un buen obrero/ y lo tratan como a un perro/ y eso no está en lo normal./ Un pobre hombre que se le mide a un potrero/ cabeza al sol sin sombrero/ pa’ no quererle pagar”. 

Tan fuerte fue su mensaje y tanto conmovió (nos conmueve aún hoy), que lo hicieron ir del país, amenazado de muerte. Durante poco más de dos décadas se vio obligado a vivir en el exilio, por fuera de su tierra. Los austriacos lo recibieron, sin saber tal vez la magnitud de su arte. Por otra parte, a pesar de que actualmente vive y se encuentra de vuelta en el país, de que todavía conserva su esperanza y su sonrisa, su condición de salud, por lo poco que sé, no es la mejor. 

Pero volvamos al tema inicial. Cuando descubrí su música, quise rendirle un homenaje, tanto a él como al campesinado. Y aunque no fuese mucho, decidí elaborar mi tesis de grado y un proyecto audiovisual (que apenas comienza) sobre su obra y su contexto. Las razones que me llevaron a ello fueron muchas, pero especialmente me movilizaron el deseo y la conmoción, sentir el peso del tiempo y de la historia, la actualidad de sus palabras, de su desgarrador testimonio. 

Por supuesto, tomé partido en su favor, en legitimar las demandas y las protestas del movimiento campesino, ¿cómo no hacerlo? No me explico. El caso es que hace un par de días, cuando por fin recibí la evaluación del profesor, me sorprendió ver hacia el final de su comentario, entre tantas otras cosas, una mustia sugerencia: la de empeñarme en mantener un estilo objetivo y, óigase bien, neutral, tratándose por supuesto de un trabajo en el ámbito académico. Pero, ¿acaso ser investigador me posibilita separarme por completo del contexto, del cual hago parte, o me exige apartarme del sentimiento y de tener una posición política? 

Razón tenía Alfredo Molano al señalar el divorcio entre el mundo cotidiano y el estrecho argot conceptual, que a más de uno ha desencantado y ha hecho abandonar las universidades. Los académicos suelen manifestar una aversión constante o un miedo irracional a los sesgos epistemológicos, que intentan suprimir a toda costa, así al menos sea en su estilo o su modo de escribir, sin muchos posesivos.

Ahora bien, los sesgos deberíamos aceptarlos y valorarlos enormemente dentro del proceso investigativo, porque nadie, como asegura Molano, nadie puede contar algo despojándose de sí mismo. Entrar en un personaje, nos dice, equivale también a vivirlo y a descubrir lo que hay de él en uno, o es, en palabras de Tomás Ibañez, “adentrarnos en la aventura de devenir constantemente “otro” de lo que somos”. 

Nuestras experiencias son siempre fragmentarias y están en constante movimiento, de manera que los otros vienen a completar nuestra visión parcial de la realidad. De lo contrario, si desconocemos nuestros límites, la investigación no es otra cosa que una actividad fría y descontextualizada, sin carne ni piel, sin vísceras ni esqueleto, sin espíritu ni vida, que se agota en los laberintos del regocijo retórico e intelectual, y en la adulación de otros tres que hablan o escriben igual, para que nadie les entienda. Porque se esconden detrás de los conceptos.

No sé ustedes qué piensen, pero creo yo que hemos llegado a un punto de no retorno en nuestro país –y diría que en la tierra– frente al conocimiento y la investigación, en el que tener una postura o un sesgo, como prefieran llamarlo, no es una arbitrariedad o acaso una flaqueza, sino más bien una necesidad ética y material, con nosotros mismos y con el planeta, que poco a poco implosiona entre falacias. De lo contrario, la universidad terminará por sepultarse todavía más, si es que esto es posible.

A lo mejor aquel profesor que evaluó mi trabajo haya comentado esta semana con sus colegas, en acalorados debates, las razones por las cuales considera insultantes las palabras del embajador colombiano en España, al señalar que la participación (o la ausencia) de algunos autores de nuestro país se debió a su supuesta neutralidad ante el Gobierno. Todavía más, es posible que el profesor se haya sentido ofendido por los peligros de excluir y señalar a los escritores por sus posturas o diferencias políticas, prácticas que ponen en riesgo la libertad de pensamiento e incluso los cimientos mismos de la democracia, sin pensar que él, al interior de sus clases, hace mismo que el embajador pero con sus estudiantes. 

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