Oh qué lindo

Cada segundo entiendo menos, pensó sin espabilar, quietísima en la cabecera del comedor. Estamos escuchándote, oyó dentro de su cabeza ambas voces. Estaban allí alrededor de la mesa, lucían nostálgicos y se movían delicadamente entre las cosas. La mujer se arreglaba el vestido, congraciándose con estar presente. Estiraba las manos con la intención de acariciarle el rostro. No es que sienta miedo pero ustedes están acá, no hay una explicación lógica, han muerto hace años, cómo es que puedo verlos. Nos han concedido esta noche para hacerte compañía, respondió él tomando asiento. Su madre se acercó, le sintió los brazos fríos, por fin recostó la cabeza en su pecho. He ido dejándote pistas sobre este encuentro a través de tus sueños, vamos a estar acá por tres horas, como hemos perdido nuestra capacidad temporal, por favor pon una alarma que nos avise cuando marcharnos. Esta es una excepción, para los muertos no existen este tipo de permisos. 

Aunque era inevitable desear que se quedaran por más tiempo, agregar otros minutos, dentro de ella podía sentirlos mirar sus pensamientos. Acá estamos, no íbamos a ser eternos, cuéntanos de ti. El agua dulce que había puesto antes de encontrarles en la casa se secaba en la cocina. Hace un rato que está hirviendo lo que pusiste a calentar, trae dos pocillos más, haremos de cuenta que podemos beber y será más familiar nuestro encuentro. Se levantó emocionada, los tenía allí por este momento, físicos, reales como piedras. Con cuál anhelo empezaría: echarse sobre la madre para ser acariciada, excusarse con el padre por las pérdidas, mientras pensaba de camino a la cocina, ellos (dentro de ella) iban asintiendo silenciosamente todo lo que la atravesaba. 

Se dispuso naturalmente el cariño. Compartían calor, no se dijeron mucho al principio y así pasó la mayoría de la primera hora y de la segunda y así todavía estrechándose, el padre empezó a contarle. Del otro lado tienen una teoría, se recuerda cada que llega una novedad. Me gustaría que la escucharas... Nunca hubo una vez que no sucediera así, es decir, la materia se reclama así misma, el principio de conservación de la masa, la transformación. Imagina entre tus manos una masa pegajosa, parecida a esas gomas que los niños pegan a la pared. Tú tuviste unas de niña, agregó su madre. Imagina que por encima de nuestras cabezas, al ocupar un cuerpo, nos es dado un pedazo de ese amasijo, es un amasijo invisible para tus ojos, no puedes verlo. Piensa en algo parecido a una aureola igual a la de los santos o las figuras de ángeles, no es una  circunferencia perfecta, es parecida. 

Supongamos que eso es lo que adorna nuestro cráneo invisiblemente. Es como si se tratara de una peluca muy peluda y como si esta peluca todo el tiempo estuviera movida por los vientos que son a la vez emociones y pensamientos, y que por ellos se expandiera como el universo, o se achiquitara seguidamente. ¿Logras comprenderlo? Piensa en que esa baba, una baba universal, digámosle La baba de Dios, se aglutina según tus decisiones y se alimenta de tus corazonadas. Ya ves, hay ocasiones en la que un anciano fallece y aterriza del otro lado con unas babitas por encima, arrastrando una estela delgada. Eso da cuenta de pobreza, no de dinero precisamente porque del otro lado esas cosas no tienen mucha relevancia, sino escasez entre aquello que viniste a dar, a hacer, a recibir y cuánto hiciste por ello. 

Bueno, resulta que esa baba, mejor entre más ancha la hayas hecho, apenas mueres, flota como un globo hacia regiones muy lejanas. Sale de lo que uno fue y va a juntarse con otras que se están fusionando por encima de la tierra. Los cometas que ven los astrónomos son justamente babas de otras galaxias que salen disparadas con tanta fuerza que alcanzan a llegar hasta nuestro sol. Son babas que se hicieron tan grandes, que pueden acercarse a lo que es una estrella. 

Lo que viste de nosotros fueron pedazos de muchas babas, que se juntaron a través del tiempo y que, más o menos, al partir, se transformaron. Así fue como nos encontramos, adheridos en el amasijo superior. Todo sale y entra ahí, es el punto de origen. De pronto sonó la alarma. Besos, besos en todas las mejillas, palabras preciosísimas, cuídate, cuídate, bendiciones por acá, por allá. Saludos a Fulanito, peranito, la alarma, la alarma, vámonos y como babas, un par de formas de muchos colores, fueron ascendiendo hasta el techo escapándose por la ventana. En la noche se disolvieron como neblina, más alta eran nubes y luego sus puntitos brillantes destellaron en el cielo. Oh qué lindo.

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