Sanar heridas del pasado para entregar esos kilos emocionales

Es común que se establezca una relación entre el manejo de las emociones y la alimentación.

Para perder peso es clave identificar aspectos que desestabilizan y cargan la hormona del estrés.

Seguramente entre sus propósitos para este año que apenas abre los ojos esté seguir un estilo de vida más saludable y bajar los kilos de más que llegaron con las celebraciones de fin de año. Así comienza la segunda o tercera semana de enero para muchos.

Pero lo más probable es que en muchos casos, dentro de doce meses, se vea en la misma situación: repitiendo el repertorio de promesas que lleva haciéndose cada víspera de año nuevo.

En el frenesí de dietas de moda, rutinas extenuantes o de apenas unos minutos llevando el corazón a mil, pasa el año sin conseguir resultados en su propósito de bienestar físico y sin encontrar la causa de estos esfuerzos infructuosos.

Esto movió a María Bernarda Vergara, alias la Domadora de Mamuts (por su primer libro, publicado en el 2020) a hablar de los kilos emocionales y de las estrategias para entregar el peso extra, abordando la sanación de heridas del pasado. “Siempre va a existir un vacío entre lo que nosotros esperábamos recibir y lo que en realidad recibimos. Cuando esto ocurre en la infancia, ese vacío suele crear una herida y, en muchos casos, llegamos a la adultez sin haber sanado esos traumas (...). Entonces, como lo explico en mi segundo libro, Emociones a la carta, cuando llegamos a la adultez sin haber sanado esas heridas tendemos a sobrellevarlas y a gestionar el dolor que estas nos causan del modo menos asertiva, como por ejemplo por medio de la comida”, explica la médica de la Universidad Nacional, especialista en terapias alternativas, sobrepeso y obesidad.

"He denominado mamuts a aquellas personas, situaciones, experiencias o circunstancias que nos ponen en estrés y en la mayoría de los casos no tenemos claro cómo gestionar..."

En circunstancias como esas, “hay la tendencia a querer encontrar el amor de mamá. Y la comida es la madre. Por eso es tan común que se establezca una relación entre el manejo de las emociones y la alimentación”, añade la experta que estuvo detrás de la “cirugía mental” de la actriz María Cecilia ‘Chichila’ Navia.

Con el boom del crossfit, los entrenamientos duros y la dieta paleo (carnes magras, verduras, semillas y alimentos que en el Paleolítico se obtenían por la caza y la recolección), se emprendió un abordaje prehistórico en busca de soluciones para situaciones que amenazan el bienestar de la sociedad.

Expertos internacionales como la médica estadounidense Darria Long Gillespie han investigado por qué, no obstante la fuerza de voluntad para bajar de peso, se repite el ciclo de comer una galleta, un helado, un chocolate o una tajada de pizza y no poder parar. Para la autora, la cuestión está en el concepto del “cerebro cavernícola”, basado en entender que, para nuestros ancestros, el azúcar, la sal y la grasa eran necesarios para la supervivencia y, por ello, sus cerebros evolucionaron para desearlos, pero, como estas sustancias estaban presentes de forma natural y en muy pocos alimentos que recolectaban o cazaban, no necesitaban mucha fuerza de voluntad.


“Por eso, la región de nuestro cerebro que regula la fuerza de voluntad es evolutivamente más joven y fácilmente reemplazada por la región más primitiva, impulsada por los antojos”, escribe la autora en su blog para CNN Health. Y añade: “Pero en los últimos 200 años comenzamos a producir alimentos que no son más que azúcar, sal o grasa. Nuestro entorno cambió, pero nuestros cerebros y cuerpos no pudieron adaptarse al repentino ataque de comida chatarra”. De ahí la adicción a esos cocteles de grasa, azúcar y sal que se convierten, para algunos, en conflictos que van más allá del cierre del pantalón.

“A eso me refiero cuando hablo del cerebro cavernícola –dice Vergara–. Cada vez que entramos en una situación de estrés, ese cerebro cavernícola está al mando y te está dejando las mismas opciones que tenían nuestros antepasados cuando se enfrentaban a un mamut: pelear o huir. Tener que salir a la vida agitada que vivimos hoy, enfrentarse al tráfico, al afán, al jefe o a las horas pico, en muchos momentos se siente como tener que salir a cazar un mamut. Esto está siendo mucho más evidente en el contexto de la pandemia, en el que nuestra supervivencia ha estado amenazada por un enemigo invisible”.El ‘ataque’ del mamut

En tiempos de covid, afirma Vergara, se nos creció el mamut: “He denominado mamuts a aquellas personas, situaciones, experiencias o circunstancias que nos ponen en estrés y en la mayoría de los casos no tenemos claro cómo gestionar (...). Mientras no los identifiquemos, seguiremos gestionándolos con el cerebro cavernícola, que suele ser la forma menos asertiva”.

Y, para muchos, el ‘relleno’ de sus vacíos emocionales es la comida. “El ‘hambre emocional’ se caracteriza por lo que llamo ‘el ataque del mamut’; cuando este te ataca no piensas en comer lechuga o una porción de proteína; es decir, cuando tu hambre es física, vas a preferir alimentos que te aporten nutricionalmente. Por el contrario, si tu hambre es emocional, lo que vas a pensar es en comer, independientemente de si lo que consumes te va a alimentar. Estudios han demostrado que los alimentos ricos en azúcares, grasas y sodio tienen un mayor impacto en la estimulación del sistema de recompensa del cerebro. La comida alta en estas sustancias genera un bienestar anímico inmediato de corta duración que nos lleva a un círculo vicioso de no poder controlar el consumo de ese tipo de comida frente a una situación de estrés”, dice la experta, quien sugiere empezar el año con una entrega de kilos psicológicos y espirituales, antes que los físicos.

“Como lo dijo Chichila en el prólogo de La domadora de mamuts, mi propuesta es un método para operarse el pensamiento. Quienes lo aplican consiguen cualquier cosa inclusive entregar los kilos que no les pertenecen. Es decir, los kilos entregados y superar el sobrepeso, es solo una consecuencia de haber modificado las conexiones neuronales y haber logrado adquirir unos hábitos que llevan a las personas a hacerse cargo de sí mismas y cambiar su biología para estar en equilibrio”, puntualiza Vergara.

Lo que dejó la pandemia

En un estudio dirigido por el profesor de psicología social Viren Swami y en el que participaron 506 personas del Reino Unido (255 mujeres y 251), ellas aseguraron atravesar periodos de ansiedad respecto al covid-19, ocasionados por su afán de cumplir los nuevos roles en casa y el estándar femenino, no subir de peso aun en confinamiento. En el caso masculino, la ansiedad estética fue más por el estrés a subir el porcentaje de grasa y perder masa muscular. Estos escenarios confirmaron que la pandemia causó un aumento de los problemas de imagen corporal.

Tomado: El Tiempo.

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