Sin dolientes

No recuerdo cuándo lo conocí. En todo caso, tuvo que ser en esa esquina en donde se la pasa parqueado en las mañanas. Creo que nunca lo he visto en otro sitio, ni siquiera cuando va a la universidad para orinar. Es bastante probable que jamás lo vea en otro lugar diferente a ese, espacio pasajero en el que ubica el puesto improvisado donde vende tinto, café con leche, cigarrillos, bombombunes y chicles, mayormente a los mismos médicos y estudiantes ansiosos de turno o a los familiares de los pacientes que salen del hospital universitario a soplar la incertidumbre.

Don Norbert mantiene su peinilla en el bolsillo para cuando la necesite, porque no puede estar nunca despeinado. Tiene un bozo corto y desde su pecho longevo deja entrever una camándula más vieja que la misma Virgen. Luce la camisa casi a medio abrir y lleva siempre chaqueta, pantalones y zapatos lustrados. Toma sorbos pequeños de tinto, fuma sin mañana y come mentas. Tiene alrededor de 77 años.

Le cuesta recibirme las pocas monedas de los tintos que me tomo y los cigarros que me fumo mientras converso con él después de que salgo de clase. A veces conversamos hasta dos horas de corrido y, a pesar de que se mantiene pelado, le vive regalando lo suyo a todo el mundo que conoce. Me ofrece vasos enteros de tinto, mentas, cajetillas completas, buñuelos rellenos de queso e incluso su propio desayuno, el que le empaca su esposa, como si me fuera a morir de hambre. Mantiene debiéndole dinero al gota a gota de la cuadra.

Antes del mediodía echa a andar con su carrito nuevamente hacia Barbacoas, calle en donde le guardan su puesto de trabajo hasta el día siguiente. Así su periplo urbano diario por los bajos del metro. De allí suele ir a alguna de las tantas citas médicas o diligencias que tiene pendientes; aun así el sisben nunca le da los medicamentos que necesita para su diabetes o los fuertes dolores de cabeza que le provocan desmayos. Tampoco recibe los subsidios de los que el gobierno se jacta en la televisión nacional. Además, tiene cataratas y empieza a perder la visión de manera paulatina.

Ignoro la mayor parte de su vida, pero sé que se fue de su casa en algún corregimiento de Andes a escasos 8 años, y desde allí empezó el pereginaje interminable que lo llevó a asentarse hace años en esa esquina gastada donde nos vemos. Conversa más que recién aparecido. No le falta alguna queja, reclamo, recuerdo, chiste o endecha. A veces escucha guascas campesinas sobre la inclemencia del tiempo y el amor. Cuando ocurre, recuerda a la madre de sus hijos calaveras.

En la época en la que prestó servicio militar aprendió a leer el tabaco gracias a un abuelo sabio. Eran los años sesenta en Segovia, un pueblo de brujas. También sabe cómo hacer para que alguien se pare con la silla pegada al rabo, pero no lo hace más porque esa es cosa del mal. Siempre he deseado que me lea el cigarro pero hasta ahora no lo hemos hecho, no sé por qué. Una vez se lo leyó a un estudiante y este se fue afligido pensando en sus cuitas y en algunas deudas. 

Gracias a la piedad de dios, como dice él, se mantiene erguido aunque un poco encorvado ya. Repite constantemente el paradójico mantra para sí mismo y los demás, la palabra sagrada. Desde que empezó la pandemia, hace casi dos años, no lo veía. Me saludó muy amablemente, me recibió como si el destino y la distancia no hicieran mella. 

Don  Norbert porta con decencia el cansancio de los años a pesar de que su situación se complejiza cada vez un poco más. Pasa como lo inadvertido, el atardecer. A medida que sus dolencias empeoran y seguimos cayendo en el mismo aletargado pozo sin fondo nos reímos el uno del otro. Parece repetirse de forma inagotable la misma escena, una y otra vez, en esa esquina sin dolientes. Su tos evoca el sonido ceremonioso de una melodía fúnebre, una vida, una historia que se borra entre las pisadas cotidianas de los transeúntes apresurados. Y como si dijera cualquier nimiedad después de las carcajadas, exclama sentencioso que “cuando uno nació para ser de malas, de malas termina”. 

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