¡UNA PELICULA DE TERROR, POR LAS CALLES DE MI CIUDAD!

Desde niño me han llamado la atención las películas de terror. Me gusta experimentar la adrenalina, la aparición inesperada, el grito estridente, me gusta en cierta manera lo inusual, lo indescifrable, me gusta el misterio.  Me meto tanto en ese mundo fantasioso, que termino levantándome del asiento, gritando despavorido, inmerso totalmente en esas historias, hasta el punto de dejarme atrapar por ellas. 

He afirmado, sin temor a equivocarme, que lo que estamos viviendo en nada se diferencia a una de las más terribles películas que haya visto. Cómo no comparar esto con lo que acontece en Contagio, Outbreak, 12 monos, Children of men, Virus; películas que recrean la situación que, por más de un año, no en pantalla gigante, sino en la propia vida, nos ha tocado presenciar.

Permítanme contarles que esta semana he vivido algo parecido, pero con una gran diferencia, el protagonista he sido yo, ha sido mi familia. Todo comienza con las manifestaciones del virus, donde los síntomas agresivamente empiezan a hacer su asomo. Trato de apersonarme de la situación que no da espera, pues tres personas en mi casa están contagiadas. Comienzo a llamar a la EPS que nos asiste, para terminar literalmente rendido, al no encontrar respuesta, ante esa manía rara de hacerlo pasar a uno de extensión en extensión; algo similar a cuando llamas a Tigo o a una de esas empresas prestadoras de servicios públicos, donde literalmente es más fácil “hablar con el Papa” que con un operador, que de manera precisa te ofrezca información.  Ahí empieza la tragedia, el terror comienza a hacerse sentir, la adrenalina mezclada con rabia e impotencia se me notan en la vena que se brota cuando estoy preocupado o molesto, evidenciado que estoy que me salgo de la ropa, pues algo no funciona bien. 

Ante esta situación termino por decirle a mi familia, en medio del malestar que tienen, con una saturación reducida y la asfixia que percibo, cuando apenas con dificultad pueden hablar, que se suban al carro pues me las llevo para un hospital.  Al llegar, reciben a una de mis hermanas, a la que le ofrecen una atención delicada e inmediata, mientras que me toca salir con mi mamá y la otra hermana, a buscar un lugar donde las atiendan, pues literalmente tenía que demostrar con el examen (que aún no llegaba) que de verdad estaban graves. 

Llego a una bodega por los lados de Prado Centro, que antes funcionaba como una cadena de supermercado buscando atención, pero no tuve éxito.  Fue escalofriante lo que allí vi: un aula inmensa con una cantidad de enfermos (supongo todos de covid) tosiendo, pidiendo los atendieran, algunos sentados en el suelo, mientras una de las que allí sirven, pero a la que se le olvidó como conjugar ese verbo me dice: “Debes esperar a que el médico la evalúe, ten en cuenta que podría estar atendiéndote en 9 horas”.  Imaginé de inmediato, y pude recrearlo, lo narrado por Dominique Lapierre en el libro “La ciudad de la Alegría” …  con una gran diferencia, la alegría estaba ausente, quién sabe metida en qué rincón de la ciudad.  A esto se le suma la actitud tosca y desafiante de un vigilante, que con una voz tenebrosa comienza a gritar como un loco; fue entonces cuando entendí que, si no salíamos de allí, íbamos a terminar también tocados por aquel virus más letal y tenebroso que el que llevábamos encima:  la intolerancia.

Regresamos a casa, al otro día nos tocó ir a buscar atención a otro lugar, donde tuvieron a mi hermana sentada en una silla por espacio de un día (con unos dolores insoportables), junto con otras personas padeciendo lo mismo que ella, con un trato “al bulto”, mientras que ella, por medio de mensajes me decía: “sáqueme de aquí que me van a dejar morir”. Hoy mi hermana está en un hospital intubada, después de un “paseo millonario” por la ciudad, donde no me escandaliza ni me causa terror la cantidad de enfermos y las salas atestadas de gente, sino la “falta de humanidad”.  Eso fue lo que verdaderamente me hizo sentir miedo… Entendí aquella alocución que dice que “Mientras más conozco a la gente más amo a mi perro”, pues no es el virus el que nos tiene así, es la falta de sensibilidad frente a lo que el otro está viviendo. 

Puedo decirles con total sinceridad que esta semana ha sido escalofriante, he sentido le muerte pisándome los talones… Ahora me siento protagonista de una película muy triste, donde no dejan de mezclarse, como en el buen cine, el miedo con los sentimientos.  ¡Nos ayude Dios!

Padre Freddy Bustamante

3 COMENTARIOS

  1. Hola padre Alex, que escrito tan real y conmovedor y creemos totalmente en él pues sabemos que lo que están pasando es real, y lastimosamente es verdad, lo difícil que es ahora encontrar empatía y humanidad frente a un virus tan letal. Lo apreciamos demasiado a usted y su familia. Monica Becerra, vecina.

  2. La misma situación viví yo con mi madre saturando 79, con una fiebre incontrolable, con comorbilodades de presión alta, trigliseridos y colesterol, con 70 años encima y sin respuesta de @epssura @suraeps, después de un largo e interminable mes de tratamiento particular, porque no nos quedó otra opción, decido reclamarle a Sura EPS el reembolso por no haber dado la oportuna atención, y adivinen su respuesta: “Usted no hizo uso adecuado de los servicios por haberse ido a un particular sin antes acudir a uno de nuestros puntos de atención”, encima de indolentes y negligente, son atrevidos.

  3. Padre estamos completamente de acuerdo, la Pandemia nos cogió sin profundizar en el mejoramiento del sistema de salud…Pobreza y Salud, sigue siendo una Agenda impostergable del Desarrollo de nuestros pueblos…Ética y Servicio Público de Salud, sigue siendo una Agenda Impostergable de la Educación Superior…

    Pandemia, DIOS es más grande que tú

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